sábado, 19 de diciembre de 2015

Desde mi ventana

La ventana de mi habitación da a Cea Bermúdez, pasada un poco la plaza de los tubos (alguien me contaba que en su día sonaban cuando les daba el viento, pero que después se modificaron para que los vecinos pudieran pegar ojo en las noches de invierno). Muchas veces me gusta observar a la gente que pasa (no me malinterpreten, no soy ningún psicópata). Con este ejercicio, he ido conociendo a distintos personajes de mi barrio; es algo así como un Belén viviente (ahora que estamos en Navidad me parece que el símil viene al caso). Me sonrío cuando veo aparecer en escena a la "mujer pantera", una señora menuda que va atada a un caniche gigante un poco díscolo al que no hay manera de convencer para que siga caminando si se ha tumbado en señal de protesta por no haber seguido el camino que él prefería. A primera hora, del portal de enfrente suele salir un niño enfundado en un chubasquero amarillo tipo Capitán Pescanova y que parece tener un potosí de energía y alegría pues se pone a hacer piruetas y saltitos mientras sigue a su madre camino del colegio. Al que no veo, pero sí oigo es al búlgaro que toca el acordeón en la esquina del Bankia; así entre nosotros, no toca nada bien, pero le pone tal entusiasmo y está dispuesto a interrumpir la melodía cada dos por tres para dar los buenos días a la gente que pasa que lo de menos es la música.
Si se toman la molestia de mirar y no sólo ver mientras caminan por la calle, disfrutarán mucho más de sus paseos.